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Interrogatorio al Sargento Blasko Antzoez del 15º Regimiento de Antzko.

"39/Altezeit/15,793"

—No soy muy bueno relatando y no concuerdo con su definición de «héroe». Sólo puedo decir con seguridad que fui al infierno y volví; no deseo aburrirlos ni robarles tiempo.

—...

—Hace veintiséis años, mi regimiento, el 15º de Antzko tomó acciones en la Colina 278 mejor conocida como "El Infierno" en ese momento, no sin razón, pero nosotros los Hijos del Yermo no temíamos a nada, así que asaltamos la posición sin tapujos. Tuvimos grandes pérdidas. Aún recuerdo mi deseo; prefería que los muertos, ¡nuestros muertos!, cayesen boca abajo para no tener que ver sus rostros agónicos.

—...

—Sí, sí, eso dije: no quería ver sus rostros, eso hace más fácil decir adiós y seguir adelante... No, no es un acto de cobardía. Bueno, prosigo con la entrevista.

—...

—Tras los ataques iniciales decidimos reagruparnos a la espera de una mejor oportunidad. Los cañones aún me recuerdan ese día, ese día de infamia. Nuestras fuerzas asaltaron en cuerpo a cuerpo las faldas de la colina en un feroz ataque sin precedentes, destinado a minar la confianza del enemigo: siete veces lo intentamos ese día, más el enemigo nos rechazó con dureza ¿acaso crees qué sucumbimos? No, ni mucho menos. Asumimos las pérdidas y seguimos; los Jinetes de Sabuesos buscaron puntos débiles en el enemigo, los habían hostigado toda la noche forzándolos hacer maniobras desesperadas con tal de retenerlos.

—...

—Al día siguiente el régimen había sido diezmado, pero nos ordenaron atacar una vez más. Quisiera poder olvidar los gritos de los alcanzados por las distintas armas que el enemigo había atrincherado: pelotones enteros desaparecían hechos pulpa por los Cañones Neumáticos, valientes soldados reducidos a cenizas bajo las voraces lenguas de fuego, las repiqueteantes balas de ametralladora, que con su rítmica melodía hacían que los más fuertes cayeran moribundos, clamando por qué su muerte había sido negada de la gloria del cuerpo a cuerpo, que con su silbante sonido arrancaban vidas inmisericordemente. Desde la línea enemiga, se oían sus gritos al valor y devoción por su líder inepto ¿Cómo se llamaba? ¡Ah!, sí, Mayorcetus que, si me permite agregar, es un nombre bastante estúpido y pretencioso. A lo que iba, los "Cántabros" rechazaban nuestras ofensivas, perdiendo buena parte de los suyos ¡Qué no se diga que los Hijos del Yermo no hicimos sangrar a esos bastardos!

—...

—Podría narrar páginas enteras de cómo se desarrolló la batalla, pero seguro que los aburriría hasta morir, ¿que siga? ¡Ustedes sí que son morbosos! Pero supongo que para hallar culpables tienen que buscar en lo más fétido de la memoria de los hombres ¿O me equivoco?

—...

—Tras cinco días de asaltos infructuosos, mi regimiento había perdido el 70% de sus fuerzas, y puedo decir con orgullo, que los hombres que quedaban ahí eran lo mejor de lo mejor. Puede que en nuestro mundo se luchase día a día, pero se hacía por sobrevivir, esta guerra era a una escala desconocida para nosotros: pura maldad, el odio condensado, frío y calculador; tanto así que en las noches solo oía gritos de desesperación y los últimos suspiros de los condenados. Naturalmente, el campo quedó irreconocible: el hedor a carne quemada y putrefacta superaba nuestras expectativas con creces; ver cómo las aves de rapiña se amontonaban para devorar a los nuestros me hacía hervir la sangre, demasiadas veces vacíe cargadores enteros en contra de las órdenes solo para evitar que los carroñeros se hartasen con la carne de los nuestros.

—...

—¿Que no debía sorprenderme ese resultado?... ¡Pues claro que me iba a sorprender! En mi mundo había visto la bestialidad, la lucha a muerte entre bandas, pero siempre por sobrevivir un día más; aquí ni siquiera supimos porque luchábamos. Ahora sé que el Infierno está a solo dos metros bajo tierra y que los muertos nunca regresan. Ahora las lápidas crecen en esa colina y que nuestro sufrimiento solo sirvió para aumentar su hambre de gloria...

—...

—¿Qué debería sentir la Gloria? ¡Que ese "honor" recaiga sobre otro! Yo no quiero más reconocimiento por haber estado donde muchos murieron sin razón. Durante semanas luchamos para desalojarles de la maldita colina, nuestro sufrimiento hizo que nuestros corazones se endurecieran al dolor, que llorásemos por dentro; no por fuera. Todo ese sin sentido se llevó a mis amigos, mis hermanos del alma. Toda mi escuadra fue exterminada en ese conflicto y me convertí para los demás en un Paria, un fantasma sin hermanos, sin amigos.

—...

—¿Por qué fui el único de mi escuadra, de mi pelotón en sobrevivir? Eso solo lo pueden decir los Iluminados, yo por mi parte me lamento de no haber caído ahí mismo para no sufrir esta agonía de vivir recordando ese día, de pensar en mis amigos, hermanos y camaradas murieron en un sin sentido; en una falsa sensación de gloria, y en ocasiones los recuerdos me atormentan y vienen como furiosos lémures a recordarme ese momento, arrastrándose acompañados por los rugidos de los cañones que hasta hoy me quitan el sueño. He librado campañas más terribles que esa, más la primera experiencia siempre es la que determina, la que deja la herida más profunda.

—...

—Quizás me consideren de un modo distinto ahora que les he confiado este recuerdo y que sean capaces de ver que hasta los más valientes y arrojados lloran, que recuerdan. Espero que si lo que dicen es verdad, por favor encuentren a los culpables y hagan con ellos lo que la justicia dicte, por mi parte, lamenté en su momento a los caídos y seguí adelante con mi vida. Si me permiten, he de ir a luchar, a realizar mi peregrinaje... Mi último viaje.

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