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Redirigir Hansa

Bienvenidos a este puesto mercante de La Hansa, deleite su vista con nuestras muchas mercancías y recuerde: No sucumban al pánico y dejense atracar por nuestros artículos.


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“Hoy, 53 del Sonnelacht del 1395 de la Era Lötharinger, a las 6:35 am, la bolsa de Karlshof ha sufrido una devaluación al 42% de las utilidades registradas en esta. Se espera de una posible deflación económica generalizada y varios gremios están tratando de cerrar la brecha. Se cesarán ciertas medidas de seguridad social para aquellos que no sean ciudadanos, y la economía será reestructurada para hacer frente a la crisis actual. En otras noticias: la gendarmería de la Ciudad de Hamburg se ha puesto en marcha debido a una serie de incidentes menores…”

¿Cómo no se dieron cuenta? Han dejado que la olla llegue a su punto de ebullición y la explosión a presión acabará con todo, mi mente está repleta de ideas, preocupaciones y planes, pero esa maldita noticia retumba en esta con la fuerza de mil pistones. No he dejado que se propague, pero debo hablar inmediatamente con Adel sobre el alzamiento, ella logrará ponerlos a todos en cierto concierto, hace semanas que llevo intentando paliar la crisis en marcha, pero se hace imposible.

La calesa se tambalea mientras me desmonto a prisa, no tengo tiempo que perder, no en esta situación. Me dirijo al Palacio de los Mares y avanzo con grandes zancadas al venerable edificio, en donde aún reina una calma envidiable. “Ojala durase para siempre la paz de antaño”, pienso con el deseo de que todo volviese a ser como antes. Pero no será así, nada nunca volverá a ser como antes:

-Todo acaba en cenizas -sentencio inconscientemente.

Debo centrarme: debo enfocarme. Los acontecimientos de los últimos meses que se han sucedido tras el Hansetag se tornaron particularmente nefastos, todo se ha degenerado increíblemente rápido; los tiempos que corren son ciertamente aciagos y pese a que sé que lamentaré mis acciones, son la mejor baza en existencia para salvar lo construido. Mis pasos enérgicos, impulsados por el temor y la decisión, avanzan imparables hacia el ala Lötharinger del palacio, empujo a quien se interpone en mi camino, como la Hansa lo hiciese en tiempos de antaño. Han pasado algunas semanas desde la Caída de Karlshof y sus efectos se empiezan a sentir de forma devastadora: la revolución está a la vuelta de la esquina y solo un movimiento determinado puede detenerla.

Finalmente llego a las dependencias de Adel e intento entrar, se anteponen varias doncellas las cuales me miran con temor, me miran con confusión, pero mi marcha continúa imperturbable hasta alcanzar las puertas de la habitación de Adel; al llegar a estas, digo con tono fuerte, claro y conciso, el cual no admite discusión ni inquisición:

-Necesito hablar con Adel. Ahora-

Las mujeres guardianas que la resguardan a la nombrada me miran confusas y entre ellas, una emerge: su cabello dorado, sus ojos de color citrino y su piel blanca serían una vista ciertamente hermosa de no ser por la agitación que me posee ahora mismo, es Adelheid Bach, la cual me sonríe alborozada y responde:

-Diga, Malkador-

Mis nervios le ganan a mi tacto y le espeto:

-No tú maldita imbécil, hablaba de Adelheid Sturmzeit: la Señora de los Vientos. Es más: quítate de mí camino, joder, no tengo tiempo que perder-

Veo como el enojo se dibuja en su rostro y me replica con la misma acidez:

-La Señora está ocupada y nos dio órdenes específicas de no dejar entrar a nadie-

No tengo tiempo hoy para formalidades: las noticias aún no viajan debido a la estricta censura que he impuesto, pero no tardarán en hacerlo y cuando lo hagan, iniciarán una vorágine imparable. Avanzo con determinación y me detengo, cuando siento el frío de una hoja en mi espalda recorrer mi cuello e intento razonar como pasar, veo como me observa mientras me apunta con su espada; tan rápido como un pestañeo, le tomo del brazo y la acerco a mi rostro:

-Te dije fuera de mi maldito camino, niña-

La empujo a un lado y avanzo: la confusión total reina en sus compañeras que no esperaban este despliegue, aunado a mi rango y mi usual tacto, hacen que esto sea totalmente nuevo para ellas; pero es necesario en los tiempos que se avecinan. Avanzo a gran velocidad, mis nervios están al límite y la ansiedad amenaza con carcomer mis pensamientos, pero los echo de mí y finalmente me hallo ante ella.

Está sentada en su trono de pierda, labrado con runas, mientras que ella murmura para sí a la par que mueve sus brazos en una representación psíquica a tres dimensiones de los territorios de la Liga, se oyen voces fantasmagóricas de fondo, todos aquellos a quien ella observa. Sin dejar de mirar dicha representación declara:

-Hoy es el principio del fin de una era, mi muy querido Malkador-

Suspiro exhausto y me acerco al trono, sus ojos grises no se voltean de ese tablero flotante y sin embargo, sé que me observa muy detenidamente; siento esa calidez característica de su presencia y me trae algo de paz. Ella sabe todo, pero de saber a hacer hay un tramo enorme, ella; perspicaz como, es me responde:

-Sí, lo sé, lo sé; no basta con saber. Tenemos que actuar y rápido: el tiempo apremia-

Llego a los pies de su asiento y me aproximo a ella: su presencia resulta irónicamente muy tranquilizante, pese a su gran excitación y consternación. Suspiro de nuevo y tomo su mano, me concentro por un instante y siento la furia del Große Komtur, el señor de la Guardia de la Torre, Ferdinand Reinbek y finalmente logro hacerme oír en su mente:

-Reinbek, ¿Qué pasa?-

Siento como intenta calmar su rabia y horror mientras responde con sus pensamientos hechos un torbellino:

-Las malditas ratas, esos bastardos xenos, ¡han tomado la plaza!-

Intento calmarlo a la par que trato de obtener información de la situación:

-Dígame que pasó exactamente-

Oigo como bufa y suelta una tanda de improperios ininteligibles hasta que responde:

-Se alzaron en armas durante la madrugada, para nuestra fortuna, alguien previó todo este descalabro y las tentativas de estos untermensch para tomar puestos de importancia estratégica, pero se han hecho fuertes y no hemos recibido ninguna orden del Kaiser-

Río casi inconscientemente, al recordar mis clarividentes palabras dichas a Ernest, y justo antes de que pueda decir nada, Adel sentencia con voz fría y decidida:

-Proceda a eliminar por cualquier medio la oposición, emplee los recursos que crea pertinentes. Dejo a su discreción el cómo resolver esta cuestión, pero debe terminarla antes de su anochecer y sin testigos, ¿entendido?-

Su alarido de júbilo me aturde instantáneamente antes de que responda exultante:

-Entendido, mi Señora, las Hermandades se encargarán de estos gusanos. ¡En marcha!-

Adelheid corta la comunicación con él y me mira, no suelta mi mano y deja fluir en mí una cascada grande de información: no es solo en Hamburg.

-¿Ves? Es el inicio del fin y tendrás que acelerar tus planes si quieres salvar a la Liga-

-Sabes que hará un baño de sangre, Adelheid-

-Es necesario si queremos evitar que se haga uno mayor, Malkador-

-Esto no es lo que había planeado-

-La existencia no es como deseamos que sea, si no que se dedica a incordiarnos. Hay que saber estar en la cresta de la ola o te ahogarás-

Sus palabras calan en mí y recuento toda la escala de la revolución: Bremen, Stockholm, Danzig, Köln, Stettin, Reval y Riga, se debaten en incipientes revueltas que amenazan con una revolución total; vislumbro el derrumbamiento de la Liga y suelto un jadeo entrecortado. Hay que acelerar los planes definitivamente; tardarán en ponerse en marcha al completo, pero debo allanar el camino, es la única solución posible. No queda otra esperanza.

Mis cavilaciones se interrumpen al oír unos pasos enérgicos y furiosos del exterior, sin haber visto quien es, sé de quién se trata: Tiwaz entra en la estancia casi derribando la puerta, mientras es seguido por las custodias y le espeta a Adel con violencia:

-¿Y tú quien eres para darle órdenes al Eisenkorp? Ni el Gobernador tiene esa temeridad en las venas para romper el equilibrio de poderes-

Adel extiende su brazo y lo detiene en seco, el rostro de Tiwaz se contrae, enfurecido:

-Para ti soy la Señora de los Vientos, y dime, ¿de qué equilibrio me hablas? ¿No sabes acaso que está por estallar una revolución si no se hace algo rápido? Además, los Gobernadores no son más que unos avaros desconsiderados y cegados por sus ambiciones. Yo no tengo grado de comparación con ellos, Tiwaz-

Ella deja caer su brazo y él se tropieza, aunque sigue airado, se acerca a ella con algo menos de ímpetu e inquiere, preocupado:

-Entonces, ¿Cuántas han sido hasta el momento?-

Adel inhala y cuenta mentalmente, mueve la boca sin emitir sonido pero se entiende que realiza un recuento concienzudo, y finalmente responde con tono seco:

-Hasta el momento han sido un total de 43 levantamientos: 3 en Hamburg, 2 aquí en Lübeck, 4 en Stettin, 5 en Rostock, 3 en Köln, 6 en Reval, 3 en Riga, 11 en Visby, 1 en Thorn, 2 en Bremen y 3 en Danzig. La situación, como ven, es crítica; y es solo el comienzo de cosas peores. Nos enfrentamos al abismo-

Tiwaz palidece e inhala ruidosamente, su ardor guerrero surge y sugiere, con la confianza del devastador campeón que es, una solución punitiva:

-Entonces debemos purgar a los elementos problemáticos, ¿no?-

Antes de que Adel hable, salgo al paso y le niego rotundamente su punto:

-Una cosa es la eliminación de cabecillas en aspectos generales, como lo hemos hecho en otras ciudades y una operación ejemplar. Otra cosa es echarnos encima a los que han defendido la migración para sus empresas comerciales; a los Klumpen-

Tiwaz se muestra contrariado y me replica, esperando hallar en Adel una aliada:

-Pero contamos con el apoyo de los Bittsteller, aquellos que siempre se han opuesto a los xenos, tenemos el apoyo del Gobernador y las élites de Lübeck, Stockholm, Köln y Bremen-

-¿Quieres montar una maldita guerra civil por una reyerta? Echarnos a todas, ¡a todas las demás ciudades! Además, Sigfrid no puede ayudarnos: se ha acabado su mandato. Piense antes de golpear por una vez en su vida, mi Kaiser-

Espeto iracundo, Tiwaz me fulmina con la mirada pero no estoy dispuesto a arriesgar el futuro solo por una represión, no puedo permitir que mis maquinaciones sean alterados por otro que no sea yo: Adel nos mira pensativa a la par que acaricia la runa del brazo izquierdo de su trono. Tras pensárselo un momento finalmente declara:

-No creo que debas, me corrijo: no debes, en ningún momento, mi muy querido Kaiser, hacer ninguna declaración al respecto. Tu imagen ante ambos bandos debe quedar inmaculada para los tiempos venideros-

Tiwaz gruñe, pero entiende el delicado trabajo que estamos llevando a cabo. Para terminar de tranquilizarlo, declaro con un tono frío y sereno:

-Ni tú, ni la Señora, ni el Gobernador se mancharán las manos con la sangre que correrá en los años venideros: yo cargaré con la culpa y yo pagaré con las consecuencias-

-Todos, de una forma u otra, pagaremos el precio, Malkador-

Replica con ominosidad el Kaiser, comprendiendo que su papel en esta obra, al menos de momento, no es requerido. Adelheid me mira, con sus ojos idos y con una sonrisa amarga, espera a que Tiwaz abandone la estancia para decirme:

-Tú y tus sucesores cargarán con este y muchos otros pesos, Malkador-

-Si ese es mí sino, entonces que así sea, mi Señora-

Respondo un tanto hastiado y lentamente me separo de ella, hay muchas cosas que preparar y hay mucha gente que mover, es un waltz de nunca acabar. Ella se voltea y vuelve a mirar el mapa tridimensional, sus ojos grises viajan de ciudad en ciudad, en cada mundo; está tan abstraída que no advierte que derrama amargas lágrimas mientras susurra palabras, y rememora eventos que por respeto no pregunto.

Me inclino hacia ella a modo de despedida y abandono la sala. Mis pensamientos están claros pese a la inesperada aceleración de los eventos, suspiro cansadamente mientras recorro las salas del Palacio y observo, intentando calmar mi cuerpo tras las descargas de adrenalina producto de la discusión. Paso entre los pasillos del palacio decorados ahora con escudos, espadas, martillos, lanzas, alabardas, mazas y fusiles; el espectáculo marcial es imponente y comunica la ferocidad, pues también hay cráneos, huesos y cabezas: trofeos de guerra que realzan la marcialidad y la bravura. Diametralmente opuesto a lo armónicamente artístico y sosegado del ala perteneciente al Hansetag.

Al salir del Palacio, el aire acaricia mi rostro mientras reflexiono: tras estos eventos, pasarán algunos años antes de que mis planes den frutos reales, y sé quién será el próximo Gobernador a la par de tener una idea clara de cómo intentará llevar las cosas. Mi temor, sin embargo, radica en lo concerniente a lo volátil de la situación: la caída de la bolsa de Lübeck creará una gran recesión y traerá un sinfín de problemas a las administraciones. El malestar civil, tanto entre los ciudadanos como entre los outländer, incitará a la rebeldía y la primera muestra era la de la última semana.

Todo lo que hemos trabajado, todo lo que hemos conquistado: todo en lo que hemos creído se desvanece como la niebla, no quedarán nada más que cenizas, pues en su ceguera ninguno de ellos vislumbró el letal destino que se abate sobre la Hansa. Mi mente vuela, recordado como era nuestro mundo antes de esto: como éramos los amos y los jueces de la galaxia, pero su incapacidad de planificación ha degenerado en esto.

Finalmente llego a la calle y en lo que espero mi calesa, pienso con cierto tono ominoso:

“La ruina ha venido a nuestra casa…”

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