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Redirigir Hansa

Bienvenidos a este puesto mercante de La Hansa, deleite su vista con nuestras muchas mercancías y recuerde: No sucumban al pánico y dejense atracar por nuestros artículos.


Lübeck arde en las llamas de la guerra, la gran batalla entre enemigos arcaicos ruge en las ruinas de la otrora opulenta e

imperial ciudad: con sus avenidas transformadas en apresuradas barricadas y sus casas convertidas en coberturas de los que luchan. La urbe es bombardeada desde los cielos por la armada de los Caídos, ávidos de venganza contra aquellos que les arrebataron su estatus y un bajel se distingue de todos por el armamento y blasones que lo recubren; un hombre enorme cuya armadura dórica llena de abolladuras y óxido le hacen reconocible, observa impasible la devastación de la ciudad. Recuerda como Pylos ardió de igual forma y besa un relicario que lleva colgado en su cuello.

El Palacio de los Mares, símbolo de la magnificencia de la Hansa, está asediado y los atacantes lentamente se imponen a aquellos que lo defienden; en la lejanía, el Viejo Tecnomante cae lívido al suelo, muerto a manos de Baal. Las estatuas de antaño son ahora cascotes que sirven como parapetos improvisados y las fuentes son ahora trincheras improvisadas: solo la estatua del Señor Pelícano, Víctor Ferrer, se mantiene en pie, viendo con ojos vacíos la devastación de la ciudad.

No muchas calles abajo, el Abuelo Biomante yace en tierra, con su vida escurriéndose y su cuerpo convertido en una aberración tras desatar todo su poder y controlar los cadáveres en su desesperación por vencer a Quetzalcóatl. El agua de los ductos inunda las callejuelas y el lodo se mezcla con la sangre de los combatientes; el horror posee aquellos tranquilos bulevares bohemios. Grandes héroes dan sus vidas fútilmente mientras la ciudad sigue en llamas; la guerra cobra caro sus mercedes, y su fuego es imparable.

En los pasillos interiores del Palacio, Nebel y Nud´z´ka, arcaicos enemigos se encuentran en duelo singular, ajustando viejas cuentas de antaño; sus embestidas resuenan por todo el lugar y el suelo tiembla por el poderío de ambos contendientes. Cada golpe resuena más allá del frágil velo de nuestra realidad mientras chocan sus aceros.

En otra ala, Sterben se bate con fiereza contra su enemiga natural, Var, la Señora de los Vientos: el poder de estas tuerce la realidad misma y lleva ese combate a otros planos; los gritos de pánico y horror impregnan el aire con su aturdidora calidad. No hay esperanza en este infierno.

En las bóvedas más profundas, Ullr se prepara para el gran combate contra Tanatos: su sonrisa es la de un loco y sus ojos muestran fragmentos de su sino; un haz de luz llena la estancia y su mente y cuerpo se transportan hasta el puente de mando de aquel bajel en órbita baja. Su llegada es como el brillar del sol y aturde a Tanatos, mientras que mata a quienes lo rodeaban. Para cuando la luz se desvanece, Ullr se halla mirando fijamente a su oponente, él le devuelve la mirada, sin expresión en su rostro y lentamente empiezan a dar vueltas, midiéndose las distancias y habilidades con ojo experto:

-Aquí estamos de nuevo: después de millones de años, después de millones de muertos y después de millones de viajes. Por fin el misterio se revela, Tanatos.

Tanatos se mueve con algo de lentitud mientras balancea su característico mandoble mesenio, golpea la punta unas veces contra el suelo mientras se desplaza y responde:

-¿Acaso no te tenía que haber matado Garm o Jötmmundgandr? En serio que es un incordio tener que volver a vernos, bastardo de las nieves.

Ullr bufa cuando escucha esa pulla pero no responde, desenfunda sus armas y las balancea: un martillo y una espada. Juicio y Verdad:

-Irónicos nombres para armas tan siniestras…                              

Piensa en voz alta su portador. Acto seguido se coloca en posición de combate y lanza un tajo directo al brazo de su oponente.

-Espérame, Skadi...

Dice entre dientes Ullr mientras que Tanatos desvía su golpe con agilidad consumada. El combate ha iniciado: los aceros arcaicos y cargados de poder se baten con la fuerza de los eones, cargados con el horror y el dolor de sus portadores, impelidos por la tristeza y soledad de ambos. Un golpe afortunado de Tanatos logra rasgar el hombro de Ullr, mas este responde golpeado con rudeza la carne de su oponente con el martillo; es todo lo que se necesitaba: Tanatos profiere un rugido que hace temblar a la mente y el cuerpo… La realidad se estremece ante tal rugido pero Ullr resiste el asalto psíquico.

Ullr contraataca clavando su espada en la pierna derecha de Tanatos y este responde enviando al Antiguo al otro extremo de la habitación armado únicamente con su martillo, Ullr jadea, falto de aire por tan devastador golpe y se levanta justo a tiempo, evitando el golpe matador de Tanatos quien clava profundamente su espada en una de las consolas. Ullr aprovecha el momento para golpear a Tanatos con tal violencia que el casco corintio se abolla y este sale despedido, perdiendo su arma en el proceso.

-Me has arrebatado la que Quebranta Espíritus, quizás seas el indicado…

Dice con un dejo ominoso y acto seguido desenfunda xiphos mientras escupe sangre; esboza una sonrisa a media comisura y se lanza al destajo. Ullr se deja clavar el arma para arrancar su propia espada de la carne de su oponente y propinarle un tajo que arranca partes sustanciales de la armadura del Caído.

-Déjame luchar, Tanatos. Debo reunirme con Penélope en el Elíseo.

-No, nos matarás.

-¿Acaso no me has dicho que aún la muerte puede morir?

Ullr observa, atónito por el dialogo interno vocalizado de su oponente pero decide lanzar un tajo aprovechando la distracción momentánea del guerrero dórico. Su golpe es desviado con ferocidad y es apuñalado en la cadera, el acero se clava cruelmente en su piel y carne.

-Pasados los eones, como lo has visto estando yo en ti, Andrónikos, pero no quiero volver a la Jaula.

-Déjame luchar o no respondo por lo que pase.

Ullr siente como el metal sale de su carne, dejando un reguero de sangre que se coagula al poco; se levanta y golpea el hombro de su oponente con el martillo: esta vez no hay respuesta y prosigue su asalto, Tanatos hace poco o nada por defenderse de la descarga masiva de golpes y tajos mientras prosigue su monólogo:

-¿Lo ves? Si no me dejas luchar me dejaré matar.

-¿Y Penélope hubiera querido eso?

Tanatos detiene el golpe del martillo que estaba dirigido a su cabeza con la mano y ataca la carne de su oponente con su xiphos, la hoja se clava con brutalidad entre los huesos de este y un sonoro crujido se escucha.

-No, ella no lo hubiera querido así. Volveré con mi escudo, o sobre él.

Desesperado, Ullr patea con furia a su oponente y le espeta, lleno de confusión e ira:

-¿Quiénes son ustedes?

Tanatos se incorpora de entre los restos metálicos que atraviesan su carne, producto de tal choque bestial, se levanta con la suficiente celeridad para impedir un asalto, pero con la suficiente entereza para reconocer los daños sufridos. Mira a Ullr con frialdad y toma del suelo su xiphos:

-Somos las llamas.

Ullr se coloca de nuevo en posición de combate y escupe saliva sanguinolenta al suelo, de él emana una risa siniestra y declara:

-Si ustedes son las llamas, yo soy el hielo. Se pues mi sino.

Más rápido que el sonido, Tanatos estrella su xiphos en la placa pectoral de su oponente, la cual se comba con un sonoro crujido desestabilizando a Ullr. El aturdimiento momentáneo le permite recuperar su mandoble, ahora el combate vuelve a estar igualado y se tientan con pequeños golpes y fintas.

-Parece que tu Hird te ha abandonado.

Dice Ullr con sorna, mientras lanza un golpe en vertical con el martillo y otro en diagonal con la espada, su rival detiene el golpe de la espada y esquiva a duras penas el del martillo; el combate se para por un momento al estremecerse la nave.

-Pues parece que el tuyo te está a punto de matar sin que lo sepan.

Dice Tanatos con una risa anormal, una carcajada profunda y enervante la cual pone de los nervios a su contrincante, de repente este se percata que en el cuello de su rival hay un pequeño relicario:

-Así que eso es lo que queda de Penélope…

Tanatos en vez de responder con golpes de los aceros, suspira y baja la mirada, observando el relicario, el cual contiene un mechón de cabellos color canela.

-No deberías hacer eso, ¿Qué me impide intentar matarte así?

-Que tú también perdiste a Skadi. Perdiste a Konstantin. Perdiste a Mayorcetus. Te perdiste a ti mismo.

Ullr sonríe amargamente y asiente con la cabeza: el peso de todo lo que le ha pasado cae nuevamente sobre sus hombros  y avanza con lentitud hacia su oponente, Tanatos mantiene su propia sonrisa y levanta su mandoble; dispuesto a golpear.

-Entonces, cualquiera que muera gana, ¿no?

Pregunta con un dejo de desesperación su voz Ullr, Tanatos lanza su demoledor golpe y abre una profunda herida en su adversario. Andrónikos controla a Tanatos:

-Sí, así es. Más quien viva, también gana.

Ullr clava su espada en el vientre de su oponente aprovechando su abertura, Tanatos le golpea con el plano de su espada y lo distancia, en ambos contendientes una sonrisa asesina se dibuja. Los golpes se tornan realmente devastadores a la par que crueles, pues es una furia ominosa, dispuesta a acabar con la existencia; sea de su oponente o la propia.

La risa maníaca de ambos contendientes inunda el sitio: sus golpes, crueles y desmedidos, infestan el espacio, cada desgarre es una liberación, cada corte es un agradecimiento y cada gota de sangre perdida es un paso adelante en su meta final.

-¡Vivo! ¡Me siento lleno de vida al fin!

Grita Tanatos, mientras su carne se quema por el filo de la espada de su oponente, el hedor es espantoso y sin embargo, la locura se apodera de ambos. Tanatos responde a las quemaduras con un golpe devastador que hace a Ullr tambalearse mientras de su nariz mana sangre:

-Sí, sí, un poco más Skadi, un poco más…

Dice Ullr resistiendo el dolor y clavando el pico del martillo en el antebrazo de su oponente, cargado de intenciones asesinas, en sus ojos reluce un fuego consumidor de la locura; mientras este clava su xiphos en su costado, de la armadura dórica no quedan sino retazos, dispersos en la piel y el suelo.

Un golpe afortunado de Tanatos desarma el martillo de su oponente, el sudor recorre el rostro de Ullr, más este consigue arrebatarle el xiphos: ambos quedan mirándose de frente con sus espadas, la tensión aumenta hasta llegar a su desenlace con los aceros moviéndose a gran velocidad, buscando la carne de su rival.

Los rugidos y los chirridos metálicos de ambos se confunden en una cacofonía bestial: ira, miedo, dolor y abandono les poseen en sus horas más siniestras; en el fin de sus propios caminos. La espada de Tanatos se clava profundamente en el suelo tras una devastadora parábola destinada a arrancar la vida de Ullr, este por su parte pierde su espada tras clavarla en la última consola que quedaba de la nave.

Finalmente, ambos oponentes terminan luchando a puñetazos: el sonido seco de cada golpe es una irónica liberación, los hematomas en la piel son los sellos del mártir y el crujido de los huesos al romperse conforma un crescendo incontenible mientras la nave se estremece por el ataque desde la superficie de Lübeck. Una fuerza más allá de la comprensión consume a ambos contendientes los cuales intentan acabar con sus propias existencias con tal de acabar con su acto.

Un golpe afortunado del dórico deja lívido a su enemigo, la piel color canela de este está completamente pálida, viéndose sus venas de color turquesa; el Caído aprovecha la debilidad de este para incorporarse y recuperar sus armas, observa, mareado como su oponente se arrastra hacia sus propias armas y se reincorpora penosamente. Se observan en silencio por unos momentos hasta que finalmente Ullr y Tanatos rugen por última vez…

En ese momento la existencia misma se rasga con cada impacto, con cada lesión: con cada sangrado. La realidad se fractura alrededor de tan decisivo combate y se escuchan los alaridos y plegarias de eones pasados, de un presente y quizás hasta las de un futuro. El brazo izquierdo de Ullr yace inerte, flácido  mientras se balancea, solo el puño responde débilmente a las órdenes de la mente; su rostro es un amasijo de carne sanguinolenta y se puede ver su corazón palpitante a través de su pecho rasgado. Tanatos tiembla, no por miedo, ni siquiera por ira; su cuerpo ya no resiste el daño.

-La muerte empieza a morir.

Dice este con un tono sarcástico y ominoso, en sus ojos el fuego destructor da paso a las cenizas de tristeza, un dolor que ni siquiera su odio puede remitir; por su rostro corren lágrimas las cuales abren surcos en la sangre que le recubre. Ullr esboza una sonrisa sangrienta y retrocede un par de pasos, su corazón palpita lentamente, anunciando el final de su jornada.

-Ha sido un duelo de dioses…

-De Dioses Olvidados, cuya era pasó hace mucho tiempo. Ha sido una batalla de muertos.

-Sí, por fin ha venido por mí: salúdala de mi parte.

-Así lo haré…

A unos pasos de Tanatos entran un Nebel y una Sterben extremadamente heridos, mientras que la sala se llena de una cacofonía de derrota, las luces se encienden enloquecidamente y las sirenas aturden a quien las oye, pero el acto de ambos ha terminado y sus vidas se apagan. Ullr es arrastrado por la misma fuerza que lo trajo hasta ahí y Tanatos cae inerte sobre su espada. De fondo se oyen los desgarradores lamentos de Sterben.

En los cielos de Lübeck, una luz cegadora cruza el cielo y se estrella en las ruinas del palacio, pero nadie está a la labor de ver la luz cuando solo hay tinieblas. Una estrella radiante nace en aquella bóveda subterránea y me vuelvo a topar con el que haya sido en el pasado Kaiser; su cuerpo está roto hasta lo inimaginable, y sin embargo una sonrisa cruza su rostro.

Voltea a verme, con su mirada cargada de satisfacción y paz, mientras lleva sus manos hacia su pecho, susurra con cuidado, como el silbido de la nieve. Distingo que habla, habla en idioma arcaico, no dice una plegaria; sino que su tono me hace entender que saluda a su amada, sus ojos se llenan de lágrimas alegres y lentamente se cierran.

Observo como deja de respirar y su aura se desvanece lentamente, su faz, limpia por mis manos, está pálida, pero se divisa contenta; me levanto y abandono lentamente el último lugar de descanso de tan magno guerrero. Sé que su alma viaja al Valhöll.

Mis pasos resuenan entre las ruinas, pero no más que aquellas simples y últimas palabras, esa única petición que me hiciera en su muerte:

-Ve y narra mi muerte, Skald; cuéntales como morí, Malkador.

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