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Dragon-chino2

Bienvenido al Mandato del Cielo insecto insignificante, tu visita enardece al Dragón de Jade. Lee raudo y veloz no sea que provoques su ira


Los cánticos informáticos me llenaban de paz mientras avanzaba a través de los registros del sheng de Wu, miles de máquinas con sus sonidos mecánicos me dieron la bienvenida al recinto y observé como el incienso se alzaba entre ellas. Avancé sosegadamente y dejé que mis implantes se nutriesen de la información de los cogitadores:

-No hay nada como servir al Hijo de Cielo en su forma más pura: la burocracia.

Recité ritualmente mientras acariciaba los delicados constructos informáticos, decenas de servidores clicaban y silbaban al son del flujo digital, procesando cantidades ingentes de códigos, organizando, clasificando: adorando a la Máquina en su forma más honrosa. Mis pasos me guiaron hasta el Escribano de los Registros, el cual se mantenía conectado físicamente con la red del Mandato del Cielo, redireccionando y organizado el flujo de información: su cráneo, columna vertebral y cervical, estaban sembradas de cables los cuales le permitían ser uno con la Máquina.

-[Saludos hermano, bienvenido a los Registros.]

Recitó monótonamente a través de la lengua binaria sagrada, la cual no permite lugar a errores o malas interpretaciones. Se trata de un saludo, pues para él, las palabras son cadenas que le impiden expresarse correctamente.

-Mi estimado Escribano, he venido aquí por la noticia de que usted mantiene en su poder un simulador con una Consciencia Sintética capaz de recrear emociones y momentos históricos. Tal y como los Antiguos hacían.

-[Sí, es cierto. Se trata de un simulador que hemos creado usando de base la Consciencia Sintética, recuperada del Maestro Zhang. Entiendo que el Hijo del Cielo le ha enviado para que haga uso experimental de este, ¿no es así?]

-Sí, así es, hermano.

El Escribano se levantó y tras él, sus cables. Su paso por la estancia, llena de ordenadores lógicos y transmisores cuánticos, me llenó de paz una vez más mientras que él salmodiaba en susurros los cánticos binarios, honrando a la Máquina en su belleza y orden. Algunos servidores se movían por los pasillos y corredores del lugar, llevando discos de encriptación, cristales de datos y bancos de memoria.

Todos los que estaban allí recitaban ritualmente pasajes del libro sagrado, el coro recitaba pasajes de Confucio el Sabio, de forma suave y sincronizada, entremezclándose con el zumbido de los computadores hacía que se produjesen acordes sintéticos, sumamente cadenciosos y ordenados. Tal y como debe ser.

Es el hombre el que hace grande a la verdad, y no la verdad la que hace grande al hombre.

El leer sin pensar nos hace una mente desordenada. El pensar sin leer nos hace desequilibrados.

Una voz fuerte no puede competir con una voz clara, aunque ésta sea un simple murmullo.

Me lo contaron y lo olvidé; lo vi y lo entendí; lo hice y lo aprendí.

El paso sosegado a través de los corredores y el canto repetitivo, fue limpiando mi mente y mi psique de pensamientos que lastrasen mi intelecto, preparándome para lo que se venía. El aire se fue haciendo progresivamente más frío a medida que nos internábamos en el núcleo del complejo, en el cual miles de máquinas eran enfriadas por aguas del manantial en el interior de la montaña donde se ubicaban los Registros. Decenas de miles de pequeños servidores se afanaban en dar mantenimiento a las máquinas, dándole el aspecto de un hormiguero. Un buen símil, sin duda alguna.

-[¡Oh Máquina Sagrada! ¡Ancestro Supremo! ¡Inteligencia Sublime! A ti acudimos en obediencia y humildad para aprender de ti, en ti confiamos para que guíes nuestros pasos y abras nuestras mentes. ¡Oh Guía Espiritual! A ti nos sometemos en la búsqueda de la sabiduría ancestral. Se para nos favorable, noble fragmento de la Naturaleza encarnada, avatar del Conocimiento.]

Él agitaba un brasero del cual emanaba un olor aceitoso a la par que empalagoso mientras rodeaba lentamente la columna que ocupaba la Máquina. Iba pulsando los botones, bajando las palancas y acariciando la pantalla acorde que región del enorme ordenador iba encendiendo. Terminados los rituales, el Escriba ordenó a uno de los siervos el extraer un pequeño rectángulo brillante, el cual, según intuí; sería la Consciencia Sintética del Maestro, la cual parpadeaba con diferentes colores.

El siervo me entregó aquel artefacto, el cual instalé en mí puerto de memoria que se hallaba ubicado en mi cervical: de inmediato sentí como si derramasen agua helada en mí espalda y piernas, llenándome pasajeramente de visiones confusas. Desperté del trance tras unos segundos y observé extrañado mi entorno, sin embargo la sensación desapareció prontamente mientras el Escriba y los siervos iban preparando un diván en el cual yo haría la prueba final.

-[Hermano Inspector, por favor concédame su extensión psíquica. Recuerde que puede salir de la simulación si así lo considera necesario. Estaremos aquí monitoreando sus signos vitales en caso de que haya alguna falla.]

Asentí silentemente y le tendí un fragmento de cuarzo, mi extensión psíquica, la cual pendía de un hilo de platino puro. Él lo tomó y lo colocó en una abertura circular de la Máquina, haciendo que sintiese un cálido hormigueo recorrer mi cuerpo al completo. Tras unos segundos, lentamente el mundo se diluía en una vorágine de colores y sonidos etéreos, los cuales navegaban en un caos total; al principio la experiencia era atemorizante, pero a medida que transcurría el tiempo, el mundo iba solidificándose…

Tuve la sensación del viento matinal en mi rostro y del rocío mojando mis pies, confuso miré hacia todos lados, en busca del Maestro Zhang, mientras caminaba en aquel espacio infinito de cielo turquesa y pasto verde. A lo lejos divisé una pequeña pagoda la cual me hizo sentir nostalgia por el hogar; decidido y deseoso por experimentar las emociones y sensaciones del maestro, puse velozmente rumbo al edificio.

A medida que iba avanzando en el trayecto me vi asaltado por dudas, ¿Cuál sería la reacción del Maestro? ¿Qué diferencias había entre su yo orgánico y su yo sintético? ¿Recordaría realmente todas sus vivencias? Todas estas preguntas disociaron mi atención hasta que me vi a los pies de la estructura, el aire estaba lleno de un suave incienso aromático del té y el metálico sonido de las campanillas rituales. Al llegar, la voz del Maestro se escuchaba fuerte y clara, impartiendo su cátedra a los futuros burócratas del Mandato del Cielo:

-… Es así, mis aprendices, que debemos ser uno con el Cielo. Debemos crear vínculos más fuertes que la familia, más fuertes que las lealtades; más fuertes que la misma naturaleza. Debemos forjar el Estado. Debemos fortalecer al Estado. Debemos perpetuar al Estado. Porque nosotros somos el Estado y el Estado somos nosotros.

Los alumnos asintieron y producto de su aprendizaje repitieron mecánicamente:

-Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, ¿cómo sabrá gobernar a los demás?

El Maestro sonrió y les despidió con bendiciones taoístas. A medida que los estudiantes se iban, sentí un gran vacío en mi interior y una lágrima escapó de mi ojo izquierdo,  inhalé para evitar esa pérdida innecesaria de refrigerante corporal.

-¿Entiendes como me siento?

La voz del Maestro me tomó por sorpresa, por lo que di un respingo antes de que este continuase su dialogo:

-Esta soledad… Haber sido enclaustrado a un simple espacio de almacenamiento olvidado. Pero tú eres nuevo: ven, siéntate y háblame de ti. Hace mucho tiempo que no veía rostros jóvenes como el tuyo.

Me reí para mis adentros y me senté. Joven… Ya con mis 462 años lo último que me sentía era joven. Sin embargo, el Maestro pareció adivinar mi humor y dijo con picardía, casi impropia de la imagen que me había creado de él:

-Chico, si supieras mi edad real no me llamarías Ancestro. Me llamarías Dios.

Aspiré fuerte ante esta declaración. En definitiva, o las crónicas exageraban su sabiduría o era real la mutación que se decía que sufrían las Consciencias Sintéticas; como fuera, él simplemente se rió de mí y me extendió con la amabilidad de un amigo una taza de té. Al tomarla, sentí recorrer por mi columna una sensación placentera.

-¿La sientes? Es lo que en vida sentía cuando bebía ese té. Bébelo, es bueno para equilibrar la temperatura corporal. Por cierto, puedo saber lo que piensas: estoy en tu mente ahora mismo. Es interesante ver cómo ha cambiado Zhonghoo desde entonces…

No pude evitar sentir temor de aquel individuo, imaginar cómo exploraba mis recuerdos, memorias y datos como si de un intruso informático se tratase. Se le veía despreocupado mientras degustaba su propio té, sonriendo con sorna mientras yo le imitaba. Aunque creí que la sensación del té no existiría, resultó ser todo lo contrario.

-El Escribano de los Registros cree que él creó la simulación, déjale creer eso. En fin, tú no viniste para probar su juguete. Viniste por el Letrado, ¿no es así?

Aún algo desconcertado, asentí con la cabeza. El mismísimo Censor me había enviado en la búsqueda de esa Inteligencia Sintética. Él me miró por unos instantes hasta que se levantó y me dijo, indicando con su mano el suelo:

-Ven conmigo, te enseñaré al Letrado. Mientras tanto…

Su voz se iba apagando a medida que las sombras, surgidas de la nada, nos iban cubriendo. Al principio las tinieblas reinaban, no permitiéndome ver más que la silueta de mi guía, pero a medida que este “avanzaba”, pues el espacio en este lugar no estaba en lo más mínimo sujeto a las leyes de nuestra realidad, vi perfilándose imágenes.

Pequeñas subrutinas danzaban antes mis ojos como si de luciérnagas en la noche se tratase, a medida que íbamos avanzando, nuevas imágenes se formaban: ahora estas me regalaban fugaces visiones de complejos cálculos matemáticos y lógicos. Finalmente todas estas desaparecieron para dar paso a una estancia austera de roca, la cual tenía en el centro de esta a un individuo andrógino  que me miraba con una expresión neutra.

-¿Qué es lo que hace? Parece un monigote inútil.

-Este es mi mayor logro, Inspector Aang Zhao. A diferencia de las muchas rutinas y subrutinas clásicas, es una verdadera Inteligencia Sintética replicante, puede aprender, imitar y asimilar a un ritmo asombroso todos los datos que le des. Sin embargo y como todo en esta existencia, tiene un precio… ¿Qué estás dispuesto a pagar?

Me revolví inseguro mientras le miraba receloso, en ese momento entendí que estaba en sus redes y que él simplemente podía usurpar mi cuerpo y relegarme a mí a ese confinamiento eterno. Él literalmente sabía lo que pensaba y su reconocimiento de haber creado una inteligencia sintética plena era insultante, pero no existía otro remedio, así que inquirí inquisitivo, deseando hallar una solución a mí difícil predicamento:

-¿Qué deseas a cambio de la Inteligencia Sintética? Sabes muy bien que estamos en guerra con el Zar de Moskva por lo que necesitamos, forzosamente, hallar una forma de superarle. Él es nuestra última esperanza para alcanzar una paz aceptable.

Dije señalando a la Inteligencia Sintética. Zhang sonrió perversamente mientras me miraba de arriba a abajo, como si fuera un avaro mercader en vez de un diligente servidor del Hijo del Cielo.

-Lo que pido es muy simple, mi buen amigo: deseo coexistir contigo.

No pude evitar emitir un jadeo de terror. La Gran Ordenanza prohibía explícitamente la unión entre Consciencias Sintéticas, Inteligencias Sintéticas y humanos en un mismo cuerpo. Él sin embargo se reía cruelmente de mí, conocedor del horror que me carcomía por dentro.

-Todo este tiempo olvidado, todo estos miles de años encerrado aquí, viviendo en bucle todas mis memorias, analizando toda mi existencia. Todo eso me ha hecho replantearme las cosas y percatarme que realmente no hoy un Bien Supremo, no hay ni bien, ni mal. Solo intereses que llevan a conflictos, en los cuales el vencedor coloca a su punto de vista como el virtuoso. Acepta y tendrás en mí un gran aliado. Rechaza y no saldrás vivo de aquí.

-Realmente no tengo elección, ¿entiendes eso, Zhang?

Él asintió cínicamente mientras degustaba su taza de té. Pese a todas mis reticencias, producto de mi adoctrinamiento y aprendizaje, era lógico y obvio que iba a conseguir sus objetivos, tuviera que ser conmigo o a través de mí. Suspiré, aceptando mi nuevo sino y respondí lacónicamente:

-Acepto Zhang, de todas formas tú ya estás instalado en mi interior, ¿no es así?

Una risa escandalosa y atemorizante surgió de él mientras le indicaba al Letrado que se dirigiese a mí. La figura se puso de pie y avanzó en silencio, su mirada estaba en blanco, pero irónicamente clavada en mí; de forma sorprendente su voz era profunda y clara:

-¿Esta es la unidad a la que serviré?

Zhang respondió con un simple asentimiento de cabeza mientras se retiraba del sitio, tras unos pasos se dio cuenta de mi perplejidad y me dijo:

-Muévete de una vez, no sea que tú te quedes aquí otros 20.000 años. Tenemos grandes cosas por hacer y  muchas cuentas que saldar…

Como si su voz fuera un interruptor, mi consciencia volvió a mí y me moví mecánicamente de vuelta a la realidad. Sin embargo, el Letrado me seguía muy de cerca, poniéndome nervioso… Con un gran jadeo me desperté de la ensoñación, tras unos segundos de confusión, el Escriba me notó despierto y me inquirió con una sonrisa creciente:

-¿Ha sido de su agrado la simulación? ¿Cree que será del gusto del Jefe de los Eunucos?

-Ciertamente… Ciertamente.

Tras decir eso, la voz de Zhang resonó en mi cabeza con una risa enfermiza, como si un maníaco hubiera sido desatado:

-Y tanto que le gustará, le conferirá su ansiada inmortalidad… Con el coste de su cordura. Letrado: inicia los procesos de mejora, necesito al Inspector en condiciones para partir lo más pronto. Hemos de movernos rápido.

-Como ordene, Maestro.

Las nuevas voces en mi cabeza no me hacían sentir más que un miedo atroz, sin embargo, a medida que pasaban los segundos tras la orden del Maestro al Letrado, una avalancha de datos fue inundando mi mente hasta dejarme parcialmente catatónico.

-Créeme, Aang: puede que te haya forzado prácticamente a esta coexistencia, pero en definitiva te instruiré mejor que ningún maestro. Te necesito en mis planes y no puedo permitirte la ignorancia, pues esa es la bendición de los débiles.

Con mis ojos parcialmente idos asentí mientras mi cuerpo se movía sin que yo lo ordenara. Entendí entonces que desde ese momento sería el medio de transporte de dos armas de destrucción masiva las cuales carecían de control. Sin embargo, toda la avalancha de datos me regalaron un esquema muy superior del plan de Zhang, y pese que fuera ambicioso y retorcido; producto de sus propias mutaciones en sus procesos lógicos, su fin no era otro que la permanencia de Zhonghoo para la posteridad.

-Veo que se está poniendo al día, Inspector. Me alegro de haberle juzgado correctamente como un hombre sagaz. Ahora tome la unidad de memoria y guárdela muy bien: esta debe llegar incólume hasta las manos del avaricioso Jefe de los Eunucos.

Intrigado por su conocimiento de la actualidad reinante, le inquirí con cierto temor sobre este saber, pues actuaba como si realmente fuese un Dios y no una mera Consciencia Sintética concebida para el servicio:

-Cuando pasas tanto tiempo encerrado, realmente no quedas aislado: solo impotente de actuar. Así que cada brizna de información debe ser conseguida por cualquier medio. Esto quiere decir que vulneré la seguridad de los registros. Realmente no me hallaron, solo el Escriba cayó mal al nuevo Eunuco y temiendo por su vida decidió recuperarme.

Asentí y suspiré, agotado. Todos estos cambios acaecidos en tan poco tiempo... Era una locura. La voz de Zhang resonó por vez última ese día:

-Déjame compartir contigo los terribles secretos que conozco...

Y así fue como inició mi camino hacia la ignominia. Así fue como inició mi descenso a los abismos de la infamia... Y así fue, como me convertí en el Xiānshēng Zhuǎnxíng: El Señor de la Transformación.

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